domingo, 8 de octubre de 2017

La virgen de los perros (cuento)

Espera. Tengo que anotar. Son   tres corridas de  siete perlas cada una. Luego los girasoles.
Ya. Está  bien. He terminado Déjame que te  explique. Lo que estás viendo es mi dibujo de la virgen de los perros. Me he  enterado,  con mucha angustia. Si  Porque he estado angustiada. Que no existe una llamada virgen de los perros.
Y me parece  que eso es injusto para ellos. Me preocupé  de preguntar. Mi papá  siempre dice que  es mejor preguntar antes de decir algo  equivocado. Sé que muchos tienen una virgen protectora. Pero nadie me ha podido explicar por qué no existe una virgen protectora de los perros. Ellos están siempre cerca de nosotros.  Nos cuidan. Se merecen una virgen maravillosa que se ocupe de atender sus aullidos, y sus ladridos de perros.
Entonces la dibujé así, con los pies  descalzos  y  una base de siete girasoles amarillos. Me   gusta el número siete. Cuando tenía siete años mi abuela se fue al cielo  entonces ya no fue mi abuela. Fue un ángel que me cuida. También me gustan los girasoles porque son amarillos. El amarillo es mi color favorito. Mi perro es amarillo. Don Jan Karabak. Buen perro. Es también  el color favorito del profesor. Lo sé.
A la virgen le he dibujado un rostro hermoso. También tiene  una túnica celeste con bordes dorados. El profesor dice que lo pinte de  amarillo, pues es el color del  oro. No tengo lápiz de color dorado.  El  profesor tampoco tiene. Le he preguntado muchas veces.
Creo que la virgen  de los perros debe tener  en su mano un hueso  mediano. Eso  puede alegrar  a cualquier perro, por triste que esté ¿Cómo reconocería a su virgen un perro  abandonado? Por eso le dibujé un huesito. Su cabello es largo y lo pintaré  de negro, aunque sobre la cabeza tendrá un manto blanco con estrellas  doradas. Si, como las de navidad.
Entonces la virgen de los perros estará lista para navidad.  Tal vez el profesor quiera ir a mi casa en navidad, para ver que he terminado el dibujo de la virgen de los perros.  Faltan  40 días para navidad. Me gustan los números.
En navidad cenamos en familia. Yo tengo una familia. Se hacer la ensalada de papas. Quiero tener mi propia familia. Ya cumplí veintiún años. Soy una señorita y estoy  soltera. Puedo tener un novio. Una vez  casi tengo un novio. Ernesto me abrazo  y   dijo   en mi  oído  ¡Mi novia! Me asusté tanto que grité. El profesor conversó con Ernesto. Ahora solo  me mira   desde su asiento. Debe ser respetuoso con las señoritas. Mi papá me dijo  que soy especial y nadie puede decir  lo contrario.
Estoy  emocionada. El profesor es muy amable conmigo. Contesta todas  las preguntas que le hago, aunque las repita. Invitaré al  profesor para cenar en  mi casa esta navidad.   Le preguntaré si  quiere ser mi novio. Entonces la virgen de los perros estará terminada con su collar de tres vueltas, con siete perlas cada una, serán 21,  como  dice mi papá cuando habla de mí.  Espera ¿Cómo dice mi papá? ¡Ah! Ya recordé. Mi papá dice “Ella tiene trisomía del par veintiuno”  Me gusta. El veintiuno es un número de suerte.
Fin

La Chinchorra (cuento)

Awquina pasó la tarde esperando  que la jaula de junquillo  se llenara de peces. Al menos uno.  Un pez bueno.  Un gran pez. Necesitaba   sus  escamas y su piel.   Las escamas para adornar los ojos de su hermano  y la piel para atar con firmeza sus   débiles piernas.  Así podría  viajar    hacia las tierras definitivas cruzando el laberinto de la noche  eterna.  Las escamas eran su regalo.  Las escamas iluminarían su camino y su  hermano no se sentiría tan solo.  Pero la tarde avanzaba y en la jaula no había un solo pez. Tal vez debía intentar desde   los  roqueríos con el arpón. Ese era un desafío. Ella  era una tejedora. Tejía cestas, prendas para adornar el cuerpo, jaulas para peces. De vez en cuando encontraba buenas púas de cactáceas y las guardaba para su hermano  que fabricaba anzuelos y  arpones.   
Atrás había quedado el tiempo en que su hermano  nadaba  en el océano  como un enorme pez. Con sus manos grandes  y sus pies grandes avanzaba más rápido que todos en la aldea. Los grandes nadadores traían buen alimento para la comunidad.  Por eso, cuando fue la hora del  fin de sus fuerzas, entre todos prepararon  su cuerpo para el viaje.  Era la costumbre, pero el gran nadador recibiría regalos para que en la tierra definitiva, fuese valorado como era justo.
Los hombres y mujeres de la comunidad conocían las señales de  cada uno. Las señales que decían que era la hora de dejar el espacio exterior, el de la materia e iniciar el viaje interior. Un viaje solitario y misterioso.  Sabían aquello  porque era el único lugar hacia donde podrían  haber  partido. Sus cuerpos  estaban allí.  Algunas veces, habían esperado   a que volvieran. También hubo un tiempo en que buscaron con desesperación dentro de los cuerpos,  el impulso de la vida. Buscaron el camino hacia el interior.  
La comunidad había  pasado muchos períodos de luna llena reflexionando acerca del mejor modo de  favorecer el  viaje definitivo. Algunas veces  tenían la esperanza de que el viajero quisiera regresar  y  dejaban sus ojos abiertos para que entrara  la luz y ellos,  desde el fondo del ser,  al verla  sintieran alegría al saber que los  esperaban al otro lado, en  la luz.  También dejaban  la boca  en posición por si de pronto necesitaran espacio para la voz.  Decir algo,  pedir ayuda para sí mismos, cualquier cosa.
Comprendían que la vida era también parte de ese viaje. Emergían desde un cuerpo y  partían hacia el interior de sus propios cuerpos. Iban y venían. La vida y la muerte eran un solo  viaje. Un misterioso  viaje. Observaban los últimos minutos de la vida y sabían que el aire era parte de la vida y de la muerte.  Cada niño y cada niña al nacer abrían la boca para atrapar  con fuerza la primera bocanada de aire con la que  iniciaban el viaje en este lado, el lado  de la luz. La  luz, la energía  del sol,  eran parte de la fuerza de la vida.
La partida, en  cambio,  estaba marcada por la ausencia  del aire. Ya no circulaba. No había más ir y venir desde el interior y hacia el exterior y al contrario. La luz abandonaba los ojos.         Y ellos  los  cubrían de ungüentos especiales para sostener y  dar firmeza a la materia, esperando que el viajero  quisiera ocupar ese  cuerpo  una  vez más.
¾     ¡Awquina!

Era  su hermoso compañero. Ella emergió sonriente desde los roqueríos huyendo de una ola  gigantesca, pero con un gran pez   ensartado en el arpón. Podría haber dicho que el aire de su hermano la  inspiró por un instante y ella pudo atrapar el pez.